15.8.16

La Señorita Vacío


Un día, cuando era niña, vi a una señorita llorando en una banca de un jardín. Hacía como que se escondía pero yo -experta en llanto- notaba a leguas su irritación en el antifaz alrededor de los ojos y los restos de Kleenex que le quedaron, al haberse limpiado supongo. Mi mamá veía unos zapatos y yo, argumentándole cansancio, le dije que la esperaba sentada en el jardín del frente. En aquel entonces no podía despistar que la veía porque los celulares aún no estaban al alcance de todos, mucho menos de una niña de once años.

No le pregunté qué le pasaba porque me dio pena, creo que a ella también porque se levantó y se fue. Antes de perderle la pista, me miró y no supe a dónde voltear así que la vi también.

Mi personalidad aprehensiva, desde que recuerdo, me hizo fijarme en su mirada y más que tristeza sentí miedo; tenía ojos pero no mirada, o sí, pero vacía, perdida, oscura... Como si alguien le hubiera metido los dedos por la cavidades oculares y en vez de los globos hubiese extraído su esencia. La chica era un vacío, si te asomabas a través de ella, podías escuchar tu eco. Era un muerto respirando. Viva, pero no. Como si su corazón no latiera; rugiera.

Porque en esos tres segundos pude ver tristeza, enojo, decepción y todas las fases de un duelo en un instante. Ella no era ella; la habían robado de sí misma.

Nunca sabré qué fue lo que le pasó pero yo tejí un montón de trenzas con todas las historias que le inventé. A los once, mi imaginación ya era muy dramática pero todavía tenía sueños, ilusiones e incluso esperanzas. Quise pensar que, lo peor para mí: la muerte, no era el motivo de su hueca mirada y, al final de todo, la dejé aclarar las cosas con el que la había decepcionado.

Mi mamá volvió con zapatos nuevos y yo con una historia qué inventarme, tuve veinte minutos de autobús de regreso a casa para poder llegar y escribirla en el aire.

Porque a los once puedes ser lo que sea, pero siempre va a ganar la cursilería y tus ganas de que el amor triunfe por sobre todo.

Procuren nunca vaciarse, puede haber una niña metiche que los recuerde 21 años después y qué tristeza ser ese adulto al que describieron como hueco, y no precisamente de sus piensos. Si los descubren, háganle una mueca o finjan una sonrisa.

No sean el vacío caminando.

17.3.16

17

Mi nombre es Irene, me llamaron así porque era el nombre de la abuela de mi mamá que fue la que cuidó de ella mientras la suya cuidaba a los hijos de otra, porque se fue con un hombre que tenía dos hijos, mi madre tenía recién cumplidos cuatro años. 

Irene, la bisabuela, era una mujer joven. Siguieron un patrón de tener hijos a los diecisiete años, por muchas razones; rebeldía, precocidad, falta de educación, entornos hostiles, entre muchas otras. Entonces, haciendo cuentas, Irene tendría treintaicinco años aproximadamente cuando se convirtió en abuela, aunque la vida no la había tratado muy bien y lucía como quince años mayor. Tenía menos de cuarenta cuando mi abuela se fue, quedándose a cargo de mi madre. No tuvo más hijos, enviudó muy joven y carecía de ingresos por lo que, aparte de vender en las oficinas aledañas productos por catálogo, comenzó a limpiar casas los fines de semana. Tenía que costear los gastos que aunque no eran para nada ostentosos, debían cubrirse. 

Irene vivió rápido, tanto que la vejez la alcanzó muy pronto, dándole una natural, y, como toda su vida, precoz menopausia alrededor de los treintainueve años.

De mi abuela ya no se supo nada, alguna vez llegó un sobre con tres mil pesos y una nota pidiendo perdón. Tres mil pesos costaron doce años de incertidumbre. En fin, ese dolor ni siquiera fue mío, aunque dicen que la muerte de Irene tuvo mucha tristeza en su padecimiento. Imagino eso que alguna vez escuché acerca de los brazos vacíos de una madre y se me pone la piel de gallina recién pelada.

Irene era una buena madre, hacía todo lo posible porque comida, techo, agua caliente, uniformes y útiles escolares no faltaran. Y así fue hasta que mamá entró a la vocacional porque "ella debía cambiar el futuro en la historia familiar", todo parecía ir bien pero eran tiempos de crisis y -como siempre- de pubertades inquietas; de personalidades, olores y hasta voces indefinidas.

El nombre de mamá no importa porque puede ser la historia de cualquiera; desde la muñequita sintética hasta neurótica (románticas y certeras letras de El Haragán), entonces, no es anonimato sino irrelevancia.

Ella conoció a un rebeldillo de esos progres new age que quería derrocar al sistema capitalista a librazos' y piedra quemada. En ese mismo tiempo, con la menopausia de Irene vinieron más complicaciones que provocaron N cantidad de operaciones; extirpar quistes, quitarle la matriz, biopsias, terminando con un diagnóstico de metástasis de cáncer cervicouterino. Siendo humanos, pienso que el que todo haya sido tan rápido, fue lo mejor para ella; para mi mamá; para el Dios al que tanto le rezaba.

Entonces quedó mi madre flotando en la nada, sin saber hacer mas que pancartas contestatarias para los movimientos estudiantiles de los que ni conocimiento tenía, de la mano del tipo aquel adicto a la piedra y a los apoyos gubernamentales a los que tanto escupía. El mismo que, poco después, se convertiría en el que coló esperma en la vagina de mi madre para después de saber la noticia, decir que no podía estar en una lucha si tenía un bebé llorando mientras cambiaba pañales.

Mamá se quedó sola. Con una niña llorona y la casa de Irene. Medio habitable y medio no, cuando llovía parecía caerse pero a pesar de eso, servía de resguardo. Acostumbrada a ser parte del mobiliario de la casa donde sólo había muebles apolillados, logró que una vecina se compadeciera y le ayudara a cuidarme para poder trabajar. Marta, así sin hache, se llamaba, y hablo en pasado porque ya no creo que exista. Mi madre le daba poco dinero pero ¿qué más daba otro niño si ya cuidaba de cuatro? Cuatro varones cuyos nombres tampoco diré pero tenían once, ocho, cinco y tres años.

Mamá consiguió un trabajo de secretaria de un funcionario de medio pelo en la legislatura de aquel entonces. Ella era bonita, tanto que no tardó en volverse de confianza, demasiada, de dicho funcionario.

Mientras Marta me cuidaba lo mejor que podía, mi mamá seguía dándole dinero cada semana. Yo tendría ya cuatro años y, aunque todos esos recuerdos son borrosos, el niño de ocho, que ya cumpliría doce, un día quiso jugar conmigo pero me asusté y me puse a llorar. Marta escuchó, vio mis calzones con olanes en el suelo y a pesar de que -creo- no pasó nada, le dio una tunda al chamaco digna de redimirte y conducirte al sacerdocio.

Ese día, Marta le dijo a mi madre que las cosas se habían complicado y ya no podría cuidar de mí; su mundo se vino abajo. Más aún porque tenía dos meses de retraso, una hija de cuatro años y ella ni los veintitrés cumplidos. Como era de esperarse, la confianza que le había dado su cincuentón jefe, habría tenido consecuencias.

Cuando mi hermano ya estaba formado y casi con uñas en sus deditos, cuatro meses más tarde, a mamá la atropelló -accidentalmente- un coche rojo de modelo reciente, parecido al de la entonces esposa de su jefe. Murió, más bien, murieron al instante.

Yo quedé al cuidado del DIF o una de esas instituciones de gobierno. Todos los orfanatos estaban llenos y hasta los ocho años, después de peregrinar por uno y otro, me trasladaron a uno de Jalisco. No sé porqué. Yo sabía mi nombre pero ahí me decían Fátima, por la virgen. Así dirían mis papeles de adopción en dado caso de que la misma virgen cumpliera el milagro.

Siempre fui una niña lista aunque tranquila, mi introversión no me dejaba sobresalir de entre los demás. Aparte de todo, la gente que adopta tiene filtros superfluos y ridículos que van desde el color de la piel hasta el rizado del pelo. Yo era ésa que veía pasar a los padres potenciales por los jardines, por los cuartos, por la dirección... Escogiendo niños, como si fueran a comprar un perro.

Pasaba el tiempo y los de más años, íbamos dejando los zapatos a los niños más pequeños, esos que sabíamos tendrían, además de nuestros zapatos, una familia: "los que todavía no tienen mañas". Los más grandes sabíamos lo que nos esperaba: terminar la secundaria, aprender y aprovechar los talleres que nos ofrecían para cuando cumpliéramos dieciséis y nos echaran al mundo real después de ocho, diez, doce años encerrados. Ahora sí, a la vida donde no había horarios ni obligaciones, pero tampoco techo ni comida esperando.

Me faltan siete meses y trece días para salir de aquí. Diría que tengo miedo pero no sé cómo es eso de vivir sin que te digan cómo hacerlo. De hecho creo que hasta siento emoción ¿es esto una emoción? Mejor no me precipito.

Ya sé que en estos meses no seré adoptada. Nadie querría a una hija nueva que en vez de pedir muñecas pide brasieres; nadie querría a una adolescente que ya no es moldeable. Tampoco lo lamento. Me asusta un poco eso de no sentir empatía o algún tipo de sentimiento por nada ni nadie, pero es bueno porque tampoco sufro por apegos ni raíces. Hay algo en la historia detrás del huérfano, aunado a los mismos orfanatos, que pareciera te arrancan las ganas de sentir; de tener sueños o siquiera esperanzas, sin necesidad de que alguien te lo diga. Creo que es quizá porque saben que después de no tener nada, lo único que te hará sobrevivir, -después del encierro- es matar cualquier tipo de emoción que amenace con doblegarte.

El diecisiete ha sido el número maldito de las mujeres de mi familia, pero tengo un año, siete meses y trece días para romper ese patrón.

Porque los hijos de nadie; los bastardos de la tierra; los apestados por el paso del tiempo, no debemos definir un futuro con base en un pasado del cual no tuvimos culpa alguna.

10.9.15

Es caro ser un loco

En los tiempos de mis abuelos -o en los actuales pero en comunidades alejadas de poquita' civilización- la gente no podía darse el lujo de decir que estaban locos; para eso estaba El Diablo al que se le culpaba de poseer los cuerpos de quienes no tuvieran una salud mental medianamente buena.

Pero ahora podemos decir (o hasta compartir en redes sociales) irresponsablemente, que somos bipolares; paranoicos; esquizofrénicos o depresivos cuando solamente; o eres neurótico; voluble; o simplemente pasas por un mal momento que -cualquiera que tenga un IQ de más de 70- sabe que hay factores detonantes que pueden justificar una depresión pero ¡detente! Crees que eres especial autodiagnosticándote N cantidad de enfermedades cuando no tienes puta idea de lo qué estás hablando.

No. No. En esta época ser loco (al doctor no le gusta que los llame así) es muy caro.

Es caro amar y ser correspondido y vivir con el miedo de un día despertar y no querer ver a esa persona que hace que los buitres se coman tus miedos.

Es caro tener un rush de manía y tener cien ideas en media hora, releerlas cuando bajó y desecharlas todas porque las crees estúpidas. No lo son.

Es caro el desgano.

Es caro el desapego. Querer con tu alma podrida a un montón de gente y de repente pasar meses sin buscarlos porque no quieres platicar.

Es cara la misantropía y el complejo de sentir que nadie te merece.

Es más cara la baja autoestima cuando te ves a un espejo y no ves lo que los demás creen de ti.

Es caro no poder hacer planes a más de un mes porque sabes que no puedes comprometerte.

Es caro el prejuicio de los que no te conocen. Es desgastante lidiar con aquellos que creen que todo es mental y sólo quieres atención.

Es caro que te hable el espejo para querer sobajarte y humillarte como ningún otro puede hacerlo. Porque uno no necesita enemigos cuando es uno mismo el que se pone bajo la lupa.

Es cara la ignorancia. La indignación que te provocan ciertos comentarios hacia ti o hacia algún otro en condiciones similares.

Siendo serios, la salud mental es importantísima. Si creen -honestamente y no quieren jugar a ser cool porque hasta ahora, no porque está de moda, idiotas, sino porque la difusión y el progreso de la ciencia es muy grande- se dan a conocer todos estos padecimientos, vayan con un psicólogo, él les dirá (si es uno ético) si deben ir con él o con un psiquiatra. Es tristísimo ver suicidios que pudieron evitarse si se hubieran atendido, aunque si también era una decisión ya hecha, ni para dónde hacerse. No juzguen a quién lo haga, los hace ver como horribles especímenes.

Ah, se me olvidaba: también es caro el tratamiento y tus dos visitas al mes (según sea el caso) con el psiquiatra.

El día que vean sangrar a las paredes, entonces sí preocúpense.

2.6.15

Don't entry.

He visto suficientes programas forenses como para hacerme una incisión en la caja torácica y mostrar lo que hay ahí.

Un montón de vísceras que no sabemos ni cómo se llaman; ni qué función tienen; mucho menos dónde van -en caso de sacarlas de ahí-, también hay un corazón que no está exactamente en el lado izquierdo pero se inclina más hacia ese ángulo.

No es negro, ni de ceniza, ni frío; mucho menos es de piedra. Al contrario; es de un rojo oscuro, palpita, es blando y muy tibio. Como el tuyo.

Con sus defectos; culpa al tiempo, a los vicios, a su descuido, a mí. Como pasa igual contigo.

No siente pero sí. Románticamente lo decimos por un montón de mitos griegos acerca de él; pero científicamente sabemos que lo que nos hace creer que así pasa son la bola de neurotransmisores -de los que tampoco tengo conocimiento-. Justo como tú.

No sé qué sea pero a su lado hay algo intangible, un espíritu o un alma que, volviendo a lo del romanticismo, tiene explicación médica de porqué parece que duele el pecho cuando el corazón se siente apachurrar por alguna razón emocional (que también lo maneja el cerebro), pero somos buenos para somatizar y volver dolores inexistentes una realidad. Ándale, sé que también te ha pasado.

Me abriré el pecho. Luego el tuyo para que veas que tenemos lo mismo y hasta podemos sentir parecido pero en serio, no son comparables. Quizá el mío pueda durar menos o más, pero los dolores que nos inventamos nunca serán iguales.

No abramos cajas torácicas porque se pueden convertir en de Pandora.

No mires adentro de otros, a veces hay tanta sangre que te puedes reflejar y tal vez no te guste lo que veas. Así como yo, me ha pasado. Nada vuelve a ser igual.

22.5.15

El viejo y el mar; en sus ojos.

Los románticos dicen que los ojos son la ventana del alma. 

Los optimistas dicen que son el reflejo de lo bonito del mundo.

Yo digo que son dos bolas que me hacen entrecerrar los párpados para enfocar bien, las cosas como son. 

Mi abuelo -el muerto- tenía unos ojos grises como el nubarrón que traigo desde hace meses. Pero en traslúcido. Se podía ver a través de ellos. Te podías ver tú. Podías ver lo bonito del mundo. O sea que tenías lo de los románticos, lo de los optimistas y lo de las yo' en un mismo par de ojos. 

Casi siempre tenía su mirada, sino era vidriosa porque su retina ya estaba muy desgastada y la luz le calaba muy fácilmente, era porque acababa de llorar o porque recordaba algo que eso le provocaba. Perdía la mirada, como esperando que nadie lo notara aunque yo era fanática de ella y procuraba no perderla de vista. 

Él, en su juventud era un tipo guapísimo. Lamentablemente era proporcional a su machismo y lo cabrón que llegó a ser. De esos tipos conflictivos, pleitistas de cantina; mujeriegos que tienen a su esposa en casa esperando a que lleguen para servirles la comida. Me han contado cosas que no son dignas de presumirse, mucho menos que queden plasmadas aquí, en caso de que algún día mi papá llegue a leer ésto. 

No tenía una buena reputación ante la familia. La reputación queda hasta la muerte y mis únicos, y mejores, recuerdos de él comienzan cuando murió mi abuelo materno, donde todos se deshacían porque fue una muerte inesperada y mi mamá estaba tan ensimismada en su dolor que olvidó que tenía hijos a los que nos dolía que mi otro abuelo, también cabrón, también guapísimo, también una ficha, hubiera muerto. 

En los ranchos se acostumbra a velar al difunto en la casa del mismo. Ese día yo estaba llorando en una banquita afuera del rancho de mi abuela, mientras todos lo hacían alrededor del féretro, y en eso llegó mi abuelo, al que se le reconoce como el muerto, se sentó conmigo y dejó que llorara en su camisa blanca con rayas grises. Fue el único que se acordó que yo existía; y que me dolía ya no tener más abuelo gallero; y que me partía ver a mi mamá deshecha porque había perdido una de las personas que más quería: su padre. 

Después de ese 12 de enero de ya no recuerdo qué año, el lazo entre mi abuelo -el muerto- y yo, se hizo una cosa irrompible. Era un tipo duro que no mostraba sus sentires así le quitaran la piel. Pero yo era (sigo siendo) una ridícula que siempre le platicaba, le cuestionaba, le hacía que dijera cosas que quizá nunca consideró decir pero lo hizo. 

Era sabio el viejo. 

Me decía que la gente más longeva, refiriéndose a él, lo era porque era como un castigo para tener tiempo de arrepentirse de todo lo malo que había hecho. Vivía rezando y llorando. Pidiendo perdón no a quien debería haberlo hecho, pero se le notaba en sus ojos y en el siempre temblor de sus manos cuando te tocaba la cara. También llegó a mencionar que si veías por sus ojos no ibas a ver ni su alma, ni su bondad; que verías su pasado y no le gustaba lo que había sido. Por eso siempre desviaba la mirada cuando alguien intentaba sostenérsela. 

A mí me tocó convivir con el abuelo bonachón. El viejito corajudo pero que nunca me regañó. Tenía un bastón con el que, cuando me alcanzaba, me tocaba un chingazo', pero sabíamos que lo hacíamos porque yo me le igualaba. 

Hoy me da gusto que haya muerto cuando así pasó, aunque inconscientemente no lo haya superado, lo que menos me gustaría sería que me viera como ahora; entre sí y no: derrotada, desesperanzada, desconfiada y temerosa. Nada de lo que él conoció hasta mis 17 años, cuando murió, cuando él creía en mí y daba por hecho que yo sería objeto de su orgullo.

Pensando en lo que él me platicaba, he de confesar que tengo miedo porque si es cierto lo que él dijo, creo que viviré más de cien años. 



Como nota al pie, cuando murió, entre sus pertenencias estaba su cartera, cuando la abrí, lo primero que saltó de ahí fue una carta que le hice. No me dejaron entrar a verlo cuando agonizaba pero los que ahí estuvieron, dijeron que fui de sus últimos pensamientos. La maldad la tomaré en cuenta después de su muerte, entonces. 


Ojalá alguien me vea como yo lo vi a él, algún día. 

15.4.15

...

A veces me canso de ser la que llora; la que pide disculpas; la que cede... porque me precede el "no me gusta pelear" y lo respeto.

Me canso de inventar excusas porque simplemente no quiero interactuar; de acudir a pretextos dignos de "el perro se comió mi tarea" con tal de no entablar conversación; de que me vean con lástima porque de un minuto a otro mi semblante ya está boca abajo.

Me canso de explicar; de que me digan "échale ganas, todo es mental", y vuelvan a sobar mi cabeza como si fuera un perro abandonado al que no se pueden llevar.

Me canso de que me veas así cuando estoy contenta; y así cuando no lo estoy.

Me canso de que trates de entenderme, esto no se trata de generar una empatía obligatoriamente; se trata de que si me ves alegre, celebra conmigo; si me ves triste, nada más guarda silencio.

Me canso de ser la que un día ama hasta querer matar, y al siguiente, el querer se fue, como se va el eco en una cueva pequeñita.

Me canso de ser yo. Me extraño. Me quiero en el 94'.

En los últimos días me canso de todo y muy fácil... entonces, es tanta la fatiga que mejor me recuesto para seguir pensando, doliéndome y cansándome, pero viendo al techo.

18.2.15

Y jugábamos...

Aquí lo difícil fue que lo que a mí me parecía mal; tu creías que era un juego.

Como los juegos del parque, los de metal que tenían una hoja levantada y terminabas con seis puntadas. O los de madera con los que las astillas se metían entre las uñas y debían cortarte a la altura de de la mitad del dedo para poder sacarte esa astilla.

Esos juegos que a unos divierten pero al que está arriba; le duelen.

Si no hay acuerdo; no hay juegos. Bien simple la cosa que es después de los 28.

15.2.15

El Gato y Yo.

Sí, yo también he estado ahí; así.

Con las persianas entreabiertas y los ojos igual, esperando ilusamente que si no abro los ojos, el sol no aparecerá y, por consecuencia, no me calará cuando los abra, al igual que las persianas.

Con el gato en la esquina de la cama, luego en el lado derecho hasta llegar a mi cara. Aunque duermo con las cobijas hasta arriba, se las ingenia para meter su cola y hacerme estornudar, tan sigiloso sin ruido alguno, tan astuto, tan tramposo; como esperando a que me levante para ponerle leche en su plato. Dicen que los felinos son muy independientes y por eso lo preferí a un perro, me da flojera cuidarme a mí, creí que un gato sería fácil pero no; son latosos, a veces desordenados y convenencieros; cuando quieren, ronronean y se acurrucan para que les hagas caso. Estoy describiendo a un humano promedio; prefiero los gatos.

Apenas son las diez de la mañana. No hay necesidad ni de abrir los ojos; ni mucho menos las persianas pero el gato logró que lo hiciera. Hay leche para él o para mí. Se la sirvo a él porque mis antecedentes me hacen vomitar si consumo algo antes de las once de la mañana. Alguien en la casa es feliz, al menos.

Prendo la computadora esperando un sinfín de notificaciones y correos electrónicos para calcular la administración de mi tiempo según la densidad de lo importante. Spam, en su mayoría invitándome a comprar vuelos a Sudamérica. No es momento, no hay lujo para darse ese momento, pienso. Los descarto y en vista de ningún correo laboral, me dispongo a leer noticias, es mi trabajo. Tomo un té de hierbabuena a las doce del día mientras sigo viendo cómo el mundo pacta treguas para el cliché de las Misses': paz mundial. Sigo leyendo; sigo, sigo, sigo... tres o cuatro horas y no hay noticias alentadoras. Cierro la computadora, sigo en el teléfono y me regreso a la cama; a cerrar las persianas y con ellas oscurecerme esperando adelantar la noche.

El tiempo no avanza, tampoco el sol se va. Me rindo y abro -otra vez- la persiana, me siento a ver nada mientras el gato con su mirada profunda no sé si me tiene lástima o simplemente lo tengo harto. Luego empieza a pasearse entre mis piernas hasta que lo cargo y comienzo a acariciarlo. Después de mi compañía telefónica, es la relación más estable que tengo; en nuestro modo nos soportamos porque nos acompañamos, me doy cuenta que también estoy describiendo las relaciones entre humanos.

Escuché en un programa de TV: "los humanos me simpatizan hasta que empiezan a tener dientes"; y aunque el gato tiene muchos, es perfecto que no hable. Y nuestro trato pasivo-agresivo parece funcionar.

Yo también he estado ahí, te digo. En la mente de alguien que seguro tiene una vida como la que acabo de narrar, que no es la mía.

11.12.14

Como la flor...

Eran menos de las tres de la mañana y -como siempre- lo único que la acompañaba era el insomnio y la música que había puesto para tratar de hacerlo más ligero. La crisis de los treinta no le pego hasta entrada, casi arañando los 31, pues dice que su virtud es llegar tarde a todo.

Está perdida pero hace como que no lo sabe aunque su consciente tenga bien claro lo contrario. Tiene un trabajo que la reta -como no hay idea- intelectual y profesionalmente. Aunque desde que tiene uso de razón quería dedicarse a las artes terminó en el lado opuesto; no se queja, se adentró en un mundo, aunque complicado, fascinante. Eso está bien.

Trae fantasmas que no sabe si no la dejan a ella o al revés pero quizá tenga qué ver con el insomnio al que tanto ama. Sigue viviendo con el hubiera; con el que tal si...; y con un montón de cuestionamientos que la sitúan en escenarios futuros -todos desoladores y desesperanzados-. La vida es cabrona y muy rencorosa; tiene la idea de que morirá muy vieja, como cuando decía su abuelo -el muerto- que Dios dejaba vivir más a los que tienen más cosas de las qué arrepentirse. Esas putas y delicadas palabras que nada más no se le pasan y siguen haciendo eco, rebotando en sus paredes neuronales, de aquí para allá, desde hace catorce años.

Sí, hemos de traer muchos fantasmas. Y muchos costales con un montón de cajas de pandora dentro que, quizá lo más sensato, sea no abrir ni el costal ni mucho menos las cajas porque no sabemos qué tipo de monstruos podemos despertar.

Ha tenido sueños muy perturbadores que no ayudan a su salud mental; como casarse y llamarle al que sería su esposo, antes de la boda, para que no llegara o sería ella la que lo dejaría en el altar. ¿A qué le teme? U otro donde sueña cien pisos que debe bajar por escaleras de madera, de esas que usan los pintores, amarradas con alambres. Sueños nada comunes pero angustiantes porque así despierta ¿a dónde conducen esos cien pisos?

Despierta alterada, siempre alterada y llorando. Voltea a su alrededor y toma cerca de dos minutos en reconocer el entorno. Oye una voz en off, es alguno de sus padres, pero no la reconoce y, aunque más calmada, sigue llorando. Se atienta la cara y no cree que sea suya, siente un hormigueo que no le permite saber si es o no; ve sus brazos y no los reconoce porque espera una piel limpia, sin los tatuajes que la acompañarán por siempre. Se levanta. Se mira en el espejo y no es quien cree ser. Ella no es la de la mirada bonita. Ella ya no es.

Tengo la teoría de que simplemente no quiere ser. Ni estar. Ni nada.

Un día tuve una gerbera que no cuidé y la creí muerta. No volví a regarla. Días después, el cielo se cayó y aunque la flor estaba donde no podía inundarse, alcanzó a mojarse. Al tercer día, como Lázaro, había dejado brotar de nuevo sus botones.

Esa muchacha un día tuvo destellos de buena vida; quizá lo único que necesita es que el cielo se caiga encima de ella para reavivar sus ramas.

Ya veremos.

8.12.14

Domingo.

Después de mi crisis 'voy a caer a la embajada', el día 6 fue tranquilo. Ya descubrí que los tres primeros son para que los lugareños te hagan pendejo y los restantes para relajarse y de verdad apreciar La Habana, entonces a la próxima no hay necesidad de venir tantos días.

No dormí pero salí de la casa después de la 1 de la tarde. Como es costumbre, empecé a caminar sin rumbo. Tan sin rumbo que me perdí y me pasé como seis cuadras de donde me sabía el camino para llegar a donde quería. Qué bueno que sé leer.

Seguía sin reconocer las calles -porque me pasé al lugar de las sombras al que me dijeron que no fuera- y llegó una mujer a saludarme con el pretexto de querer mucho a México. Me dio todo el discurso de que su hija de 4 años no había comido (era gratis, pero por supuesto que sigue hablando), al terminar me dijo: "si tú me pudieras dar unos tres o cinco cucs...", en eso la interrumpí "¿crees que después de cinco días no sé cuánto vale un cuc para ti? ¿sabes por cuánto comí ayer? Por 18 pesos. Cubanos", se quedó callada unos segundos. Luego volvió a hablar "O si tú me das tu dirección yo podría ir a eso de las 6 por si tienes unos jaboncitos' o algo...", respondí: " mira, mejor dame tu calle y número y a las 6 llego yo a comer porque ya no traigo para estos dos días que me restan..."; "¿entonces ya no tienes plata?, no pues será para la otra". Se fue.

¡Tu puta madre cubana!

Después de la muina seguí caminando y -al fin- encontré una calle conocida que me llevó al Paseo del Prado. Los domingos los artistas, de muchas regiones, ponen a la venta sus piezas.

Qué tristeza que cosas tan buenas quizá nunca sean conocidas. Porque el talento al menos en las artes plásticas está derrochado.

Me detuvo un colorido óleo sobre tela de una mujer mariposa donde al par de minutos se escuchó un "¿te gusta?", respondí que mucho y dijo "cuesta 30 cucs pero te lo dejo en 20". Puedo morir de hambre pero tengo la decencia de no minimizar el trabajo de un artista. Le platiqué los días previos y de repente con voz alzada se quejaba de los cubanos abusivos, de la mala fama que hacían general y de cómo vivía el artista en ese país. Qué pena de veras que no podamos ver tanto por ya no sé a qué culpar. Él no vive en La Habana, dijo que era algo así como 'más cerro', le comenté que a pesar de, pensaba volver cada que pudiera (soy perro que traga mierda, todo parece indicar), como todos los hombres de ahí preguntó si estaba casada pero, a diferencia de los otros, no me ofreció matrimonio. Le comenté que pensaba volver pronto y ahora sí gastaría en cosas que valieran la pena. Filiberto Romero Jiménez, es su nombre.

Con la mirada al piso y pateando mi bote porque sabía que no podría comprar nada de lo que viera, seguí avanzando (por el centro del paseo para no dar tantas negativas), vi unas cosas raras que tuve que acercarme porque mi 4.5/3.0 de astigmatismo no me dejaron ver de lejos, yo con la pena de saber que me negaría, buscaba no encontrarme con la mirada de la señora que las hacía. Tomé un dije en forma de gallo que resultó particularmente gracioso y en eso una voz gloriosa dijo: "diez pesos cubanos", mi yo de 7 años a la que le daban 2 mil pesos de domingo habló vuelta puro entusiasmo: "¡tengo un billete de diez!". Se lo di y me sentí grandiosa con mi dije de gallo; pareciera que la señora se emocionó más por mi gusto y en eso inició hora y media de plática. No puedo decir su técnica y material porque temo que alguien lo patente antes que ella. Mercedes Bent, casi como los autos pero soy mejor, dijo. Licenciada en geografía, jubilada del ministerio de educación por su período del 1970 al 2004. Recién viuda de un escultor en madera que le enseñó a hacerlo también. Tengo un dije en forma de gallo que me costó menos de 7 pesos mexicanos. Y usted se atreve a quejarse de su arte devaluado ¡Vaya cosas!

En fin. Compré otros más porque de verdad quedé encantada y la dejé con su resto de domingo y dos cucs y diez pesos míos.

Dieron las cuatro y llegué al malecón. Creo que se volvió mi lugar favorito; mi zona segura. Estuve una hora sentada viendo el mar, una especie de terapia del miedo y de ver cuánto tiempo soportaba sin vomitar. Sépase que le tengo pavor a los lugares que se ven infinitos; cuando veo el mar y el cielo divididos por nada más que su diferencia de tonalidad azulada, es momento de implotar. Pero no, nada más vomito de la angustia de sentirme ínfima y vulnerable. No sé si sirvió esa hora pero no saqué mis entrañas por la boca, o quizá será que no había desayunado, nadie sabe.

Me levanté y seguí caminando. Seguí y seguí como una maldita desquiciada hasta que vi que, otra vez, me había perdido. Regresé siguiendo mi rastro con olor a derrota y de tanta; creo que me cansé, vi un café muy fancy y no me quedaba tan poco para estos días -después de haber aprendido a gastar- y decidí dar una comida sin miedo al precio. Hija de la chingada, Anita, ya quiero que vayas a México para tratarte sólo como tú lo hiciste conmigo.

Después de que escribiera la bilis, retomo. Gasté 10 cucs en el cafecito elegante.

Me volví al malecón a pedirle al mar cosas que qué te importan y así se me fue mi día. Volví a la casa de la hija de su puta madre y no estaba. Igual tiene algo de moral y le da pena. Perra.

Mañana es mi último día -bendito Jah-, voy a dar una última caminata antes de irme y voy a ir a la casa de Mercedes. Si me sobran pesos prefiero romperlos o tragármelos antes que dárselos a otro cubano malilla.

Viéndolo bien, mi domingo fue catártico.

Hubo algo irónicamente poético en mis días de pobreza en La Habana. Qué cosas.

Más importante que llamarse Ernesto, es elegir la banda sonora de tu vida.