7.9.17

También pasará.

No sé bien cómo comenzar a escribir esto porque creo que toco fibras delicadas que, posiblemente, exhiban de más mi privacidad a pesar de que no suelo ser muy cuidadosa en esos aspectos.
Tengo desde noviembre que no escribo por gusto.
Así como dejé de reír, de ir al cine, de escuchar música, de leer; de vivir con gracia porque me sentía señalada después de que terminé con el que yo creí sería el padre de mis hijos.
A pesar de una infidelidad en noviembre, que él niega, volvimos y terminamos definitivamente en abril. Es todo lo que escribiré al respecto de cómo se dieron las cosas no por respeto a él sino a mí, y a que de verdad me apena reconocer que permití cosas que ahora -a conciencia; sin sentir amor ni ningún tipo de sentimiento bueno- sólo me recuerdan lo frágil de mi humanidad.
Ayer, 5 de septiembre, en mis recuerdos de Facebook salió el tráiler de una película llamada “Damsels in Distress” donde trata, de manera cómica, la atención al suicidio. En una escena, Violet, deprimida, se va a un motel con las intenciones por las que lucha cuando de pronto huele un jabón y toda su perspectiva cambia y vuelve a su vida normal’.
De no haber sido porque doy fe de que un jabón puede salvarte la vida y el cómo esa escena se quedó en mi psique, no escribiría de esto tampoco. Hoy, 6 de septiembre, comencé un hilo en Twitter, desahogándome, de cómo viví en la suciedad mientras estuve con aquel; triste y deprimida (según yo enamorada y por supuesto ciega) porque aunque yo intentara tener una casa limpia para sentirme menos miserable; él no lavaba su plato o lo dejaba en la barra de la cocina; tenía un desorden con sus perros, además de que mis muebles eran un asco gracias a que él no les limpiaba y así convivíamos. Los perros no tenían la culpa.
No sé quién vaya a leer esto y a veces me da miedo que llegue a ojos de mis papás, hermanos o sobrinas; los demás son lo de menos.
Todo abril fue un subibaja porque mi yo emocional quería una cosa pero mi yo racional sabía claro que no debía estar ahí y que debía dejar ir; por supuesto que mi yo emocional le metió un chingadazo y me fui al hoyo.
Abril y mayo fueron meses difíciles. Los más en mis 33 años donde gracias a mi doctor, a mi trabajo, a mi familia y amigos y a un desconocido que mencionaré más adelante, pude pasarlos. No puedo culpar a aquel de que se haya involucrado con una loca diagnosticada pero sí puedo hacerlo de que me presentara la ansiedad y el pánico. Lo peor de mí; lo más triste de mí; lo más temeroso de mí; lo más patético y lo más peligroso se hizo presente. Estuve tan fuera de mis cabales que cada día despertar en una casa y no en un hospital, en una celda o en un manicomio, era un logro.
Incluso topé mis límites de convicciones; fui con un chamán, con un padre, lloré en la iglesia y le reclamaba a una cruz, medité y todas las noches le rezaba a la virgen para que me abrazara de alguna manera y no me dejara morir; no por esto, no esta vez.
La ansiedad se volvió mi acompañante más recurrente y el vómito mi mejor amigo. Fueron dos meses en los que el sólo saber que alguien que me había dañado tanto seguía vivo, me generaba un ataque que me llevó más de un par de veces al hospital porque yo misma -la mente es cabrona- con mis ideas hacía que me bajara la presión, comenzara la taquicardia, la hiperventilación, los sudores hasta llegar a caer inconsciente. En la noche me metía un pañuelo en la boca porque ya no controlaba el movimiento de mi mandíbula y me daba miedo arrancarme la lengua mientras dormía. El espejo volvió a hablarme, como siempre, pestes de mí misma. 
Vomitaba, cuando eran días malos, más de 30 veces al día; cuando era un día normal, 20, hasta llegar al punto de ya no poder dejar de hacerlo. Vomitar me hacía sentir bien, me sentía tranquila cada vez que lo hacía, me sentía drenada y limpia de todo los malos deseos y los pensamientos recurrentes que traía. Era como vomitar al diablo.
Un día de tantos, vomité tan fuerte que sólo eran ácidos estomacales con sangre y me hice pipí, sí; vomité e hice del baño al mismo tiempo. Ya no tenía control de esfínteres. Y así siguieron los demás días, eso fue todavía en abril.  Mis espasmos al vomitar y la presión que hacía era tan fuertes que, al no tener qué apretar, lo hacía con mis piernas y un tubo del baño para discapacitados al que siempre iba, ese baño en el que tantas veces me pedí perdón, lloré, me pregunté porqué y fue testigo de mi época mas baja. No hubo fotos pero los moretones en mis piernas y las uñas caídas por la fuerza con la que tomaba ese tubo eran de llamar la atención.
En una de esas veces, siendo casi mayo, no recuerdo el día. Saliendo del trabajo me subí al autobús a mi casa y todo normal (al decir todo normal me refiero que era yo en estado zombie, sin expresión facial alguna). 
Desde niña tuve tendencias suicidas pero me juré nunca hacerlo porque tengo padres, fue muy difícil y lo creía imposible pero no. Como siempre digo "cuando ya puedo hablar de esto es porque ya pasó y estoy bien". 
Esa vez se abrió la puerta trasera mientras el camión iba en marcha y a mí me pareció tan fácil dar un paso, que en este caso era un escalón, cuando de la nada salió una mano como queriendo atraparme; obviamente no lo hubiera logrado pero para mí fue más bien como un trancazo en la frente ver esa palma que me hizo tomarme otra vez del tubo y ya no me dejó avanzar. Me dio mucha vergüenza con ese desconocido y me bajé a pesar de que no era mi parada. Lo vi, le dije gracias y perdón y me fui.
Le platiqué todo lo anterior al doctor y tristemente viví sedada por casi dos meses; Quetiapina, Sertralina, Risperidona, Clonazepam y Escitalopram. Subí de peso, se me cayó el pelo, las uñas, dejé de menstruar y... Dejé de ser.
Entre terapia, amigos, familia, mi perra ¡Ah, mi perra! Estopa comenzó a hacer del baño incluso dormida, así como yo; dicen que los perros sienten cuando sus dueños están mal y ella lo resintió muchísimo. Eso sí será algo que nunca perdonaré.
Han pasado casi seis meses y yo voy bien. Eso creo al menos. Sigo mi tratamiento, yendo a terapia, re-conociéndome e intentando volver a quererme porque no se puede tener amor propio viviendo como yo lo hacía.
El camino parece cada vez más corto pero a veces tengo bajas y las pequeñas cosas para mí son los actos de valentía más grandes; salir en fin de semana, andar sola después de las 7 pm por la calle, pasar por los lugares comunes, etc...
Sé que más temprano que tarde lo veré de frente y no sé qué reacción tenga. Yo espero nada más pasarlo como se pasa a una piedra que se esquiva; que ahí está pero no te sirve de nada, ni para dirigirle una mirada.
Me hice mucho daño y me pido perdón todos los días. También me digo que soy bonita e inteligente y que esos miedos que me dejaron no me pertenecen y debo devolverlos; cada vez sonrío y río más, hago planes y retomo mis gustos. Qué bueno que no me morí.
Porque toqué fondo y lo rompí; yo no me impulsé como dicen todos que se hace... Todavía me duelen los puños.
El 10 de septiembre es el Día Internacional para la Prevención del Suicidio y si se sienten confundidos o abrumados; si están aturdidos y no están seguros de algo tan 'fácil' como vivir, platíquenlo con alguien, de preferencia un especialista. 
Si su soledad o su orgullo es mucho como para no aceptar hablarlo con alguien, de frente... Mis mensajes en Twitter están abiertos, mi perfil de FB es https://www.facebook.com/san.dredg y mi correo es sandrama.campos en Gmail, lo reviso diario y a cualquier hora.
Yo ya estuve ahí y créeme; lo vamos a pasar.

30.8.16

Costumbres.

Hay tradiciones, costumbres, rituales o como le quieran llamar que, independientemente de nuestra postura religiosa -o de cualquier tipo-, creo son importantes mantener no sólo por el hecho de continuar algo que la familia arrastra desde sabrá Dios cuándo, sino por el vinculo atemporal que crean entre quien se esmera en mantenerlo y quien es testigo de cómo se prepara; del recuerdo que se siembra; del momento que se guarda en la memoria de ambos.

Actualmente, ya en mi edad adulta (adulta, no madura) y un poco reacia a la fe; las creencias y todo lo que no tenga una base científica probada -a pesar de no considerarme atea sino una religiosa convenenciera- me resulta difícil introducirme, y quedarme, en ciertos ritos de mi mundo contemporáneo.

Confieso que me está resultando aburrido cuestionarme todo, lo descubrí hace poco tiempo pero así es. Era más fácil de niña donde todas mis pequeñas complicaciones las dejaba en manos de un Dios; mis juguetes a Santa Clos; mis dientes al ratón; mi cielo y mi infierno; mis santitos para que no me regañaran por alguna tontería infantil; mis cosas intangibles que me platicaban mis abuelos para que me bien portara. De adulta ya no tengo a quién echarle la pelotita para no hacerme responsable de mis actos.

No sé hacer preámbulos.

Todo lo anterior se reduce a un recuerdo que me llega a tocar las ventanas del alma cada que una muerte que sientes que te duele por N cantidad de razones, sea o no sea alguien directo.

De chiquilla, recuerdo claro cómo mi mamá, cuando alguien fallecía (ella sí lo hacía con cercanos, a menos que le afectaran en su maternidad) iba a la tienda, compraba una veladora, ponía un perrito de plástico y un vaso con agua. Como a muchos, creo que le afecta más cuando el difunto es joven o muere de forma repentina. Me explicaba que la veladora era para que iluminara su camino; el perrito para que lo guiara y ayudara a cruzar el río (cosas de católicos) y el vaso con agua para la sed en su trayecto.

Yo me quedaba media noche esperando a que se consumiera la veladora, a que bajara el nivel del agua y que el perrito hiciera un mínimo movimiento. Nunca pasó y qué bueno porque ahí me habría infartado.

Entonces, mi naturaleza aprehensiva no me dejaba cerrar los ojos por días, de sólo pensar en los espíritus que todavía no lograban pasar el río porque estaban asustados y confundidos. Mi mayor tristeza era pensar que sufrían porque todavía no concebían que su alma ya no estuviera en su cuerpo; que, por la muerte inmediata, hubieran dejado asuntos pendientes; peleado con su familia... Mil cosas que podría mencionar pero no quiero. Mi empatía extrema me colocaba en el lugar del muerto y comenzaban los ataques de pánico y de ansiedad al pensarme en esa situación. Nunca pasó de un susto.

Y es ese tipo de rituales que me siguen gustando, más muchos otros, que quiero que sigan en mi descendencia. No importa que sean bastardos de creencias o perdidos de su fe, hay cosas que, pienso, no debo dejar morir en mi genealogía.

Vuelvo a escribir. Juan Gabriel murió hace dos días, el domingo 28 de agosto de 2016, de un infarto fulminante, y a muchos nos dolió su partida porque podría jurar que estuvo presente en los recuerdos; en las familias; en los momentos de, a excepción de unos muy pocos, mi generación; la de mis padres y abuelos.

Hoy tengo el pesar, porque sí lo es; me pesa, que esté asustado y todavía no sepa qué pasa a su alrededor.

Yo aquí le pongo su veladora con su perrito y su vaso con agua.

Llegarás con bien, a donde debas llegar. Porque si mi mamá me dijo que eso era para cruzar el río con bien, le creo.

Que seas muy feliz estés donde estés...

15.8.16

La Señorita Vacío


Un día, cuando era niña, vi a una señorita llorando en una banca de un jardín. Hacía como que se escondía pero yo -experta en llanto- notaba a leguas su irritación en el antifaz alrededor de los ojos y los restos de Kleenex que le quedaron, al haberse limpiado supongo. Mi mamá veía unos zapatos y yo, argumentándole cansancio, le dije que la esperaba sentada en el jardín del frente. En aquel entonces no podía despistar que la veía porque los celulares aún no estaban al alcance de todos, mucho menos de una niña de once años.

No le pregunté qué le pasaba porque me dio pena, creo que a ella también porque se levantó y se fue. Antes de perderle la pista, me miró y no supe a dónde voltear así que la vi también.

Mi personalidad aprehensiva, desde que recuerdo, me hizo fijarme en su mirada y más que tristeza sentí miedo; tenía ojos pero no mirada, o sí, pero vacía, perdida, oscura... Como si alguien le hubiera metido los dedos por la cavidades oculares y en vez de los globos hubiese extraído su esencia. La chica era un vacío, si te asomabas a través de ella, podías escuchar tu eco. Era un muerto respirando. Viva, pero no. Como si su corazón no latiera; rugiera.

Porque en esos tres segundos pude ver tristeza, enojo, decepción y todas las fases de un duelo en un instante. Ella no era ella; la habían robado de sí misma.

Nunca sabré qué fue lo que le pasó pero yo tejí un montón de trenzas con todas las historias que le inventé. A los once, mi imaginación ya era muy dramática pero todavía tenía sueños, ilusiones e incluso esperanzas. Quise pensar que, lo peor para mí: la muerte, no era el motivo de su hueca mirada y, al final de todo, la dejé aclarar las cosas con el que la había decepcionado.

Mi mamá volvió con zapatos nuevos y yo con una historia qué inventarme, tuve veinte minutos de autobús de regreso a casa para poder llegar y escribirla en el aire.

Porque a los once puedes ser lo que sea, pero siempre va a ganar la cursilería y tus ganas de que el amor triunfe por sobre todo.

Procuren nunca vaciarse, puede haber una niña metiche que los recuerde 21 años después y qué tristeza ser ese adulto al que describieron como hueco, y no precisamente de sus piensos. Si los descubren, háganle una mueca o finjan una sonrisa.

No sean el vacío caminando.

17.3.16

17

Mi nombre es Irene, me llamaron así porque era el nombre de la abuela de mi mamá que fue la que cuidó de ella mientras la suya cuidaba a los hijos de otra, porque se fue con un hombre que tenía dos hijos, mi madre tenía recién cumplidos cuatro años. 

Irene, la bisabuela, era una mujer joven. Siguieron un patrón de tener hijos a los diecisiete años, por muchas razones; rebeldía, precocidad, falta de educación, entornos hostiles, entre muchas otras. Entonces, haciendo cuentas, Irene tendría treintaicinco años aproximadamente cuando se convirtió en abuela, aunque la vida no la había tratado muy bien y lucía como quince años mayor. Tenía menos de cuarenta cuando mi abuela se fue, quedándose a cargo de mi madre. No tuvo más hijos, enviudó muy joven y carecía de ingresos por lo que, aparte de vender en las oficinas aledañas productos por catálogo, comenzó a limpiar casas los fines de semana. Tenía que costear los gastos que aunque no eran para nada ostentosos, debían cubrirse. 

Irene vivió rápido, tanto que la vejez la alcanzó muy pronto, dándole una natural, y, como toda su vida, precoz menopausia alrededor de los treintainueve años.

De mi abuela ya no se supo nada, alguna vez llegó un sobre con tres mil pesos y una nota pidiendo perdón. Tres mil pesos costaron doce años de incertidumbre. En fin, ese dolor ni siquiera fue mío, aunque dicen que la muerte de Irene tuvo mucha tristeza en su padecimiento. Imagino eso que alguna vez escuché acerca de los brazos vacíos de una madre y se me pone la piel de gallina recién pelada.

Irene era una buena madre, hacía todo lo posible porque comida, techo, agua caliente, uniformes y útiles escolares no faltaran. Y así fue hasta que mamá entró a la vocacional porque "ella debía cambiar el futuro en la historia familiar", todo parecía ir bien pero eran tiempos de crisis y -como siempre- de pubertades inquietas; de personalidades, olores y hasta voces indefinidas.

El nombre de mamá no importa porque puede ser la historia de cualquiera; desde la muñequita sintética hasta neurótica (románticas y certeras letras de El Haragán), entonces, no es anonimato sino irrelevancia.

Ella conoció a un rebeldillo de esos progres new age que quería derrocar al sistema capitalista a librazos' y piedra quemada. En ese mismo tiempo, con la menopausia de Irene vinieron más complicaciones que provocaron N cantidad de operaciones; extirpar quistes, quitarle la matriz, biopsias, terminando con un diagnóstico de metástasis de cáncer cervicouterino. Siendo humanos, pienso que el que todo haya sido tan rápido, fue lo mejor para ella; para mi mamá; para el Dios al que tanto le rezaba.

Entonces quedó mi madre flotando en la nada, sin saber hacer mas que pancartas contestatarias para los movimientos estudiantiles de los que ni conocimiento tenía, de la mano del tipo aquel adicto a la piedra y a los apoyos gubernamentales a los que tanto escupía. El mismo que, poco después, se convertiría en el que coló esperma en la vagina de mi madre para después de saber la noticia, decir que no podía estar en una lucha si tenía un bebé llorando mientras cambiaba pañales.

Mamá se quedó sola. Con una niña llorona y la casa de Irene. Medio habitable y medio no, cuando llovía parecía caerse pero a pesar de eso, servía de resguardo. Acostumbrada a ser parte del mobiliario de la casa donde sólo había muebles apolillados, logró que una vecina se compadeciera y le ayudara a cuidarme para poder trabajar. Marta, así sin hache, se llamaba, y hablo en pasado porque ya no creo que exista. Mi madre le daba poco dinero pero ¿qué más daba otro niño si ya cuidaba de cuatro? Cuatro varones cuyos nombres tampoco diré pero tenían once, ocho, cinco y tres años.

Mamá consiguió un trabajo de secretaria de un funcionario de medio pelo en la legislatura de aquel entonces. Ella era bonita, tanto que no tardó en volverse de confianza, demasiada, de dicho funcionario.

Mientras Marta me cuidaba lo mejor que podía, mi mamá seguía dándole dinero cada semana. Yo tendría ya cuatro años y, aunque todos esos recuerdos son borrosos, el niño de ocho, que ya cumpliría doce, un día quiso jugar conmigo pero me asusté y me puse a llorar. Marta escuchó, vio mis calzones con olanes en el suelo y a pesar de que -creo- no pasó nada, le dio una tunda al chamaco digna de redimirte y conducirte al sacerdocio.

Ese día, Marta le dijo a mi madre que las cosas se habían complicado y ya no podría cuidar de mí; su mundo se vino abajo. Más aún porque tenía dos meses de retraso, una hija de cuatro años y ella ni los veintitrés cumplidos. Como era de esperarse, la confianza que le había dado su cincuentón jefe, habría tenido consecuencias.

Cuando mi hermano ya estaba formado y casi con uñas en sus deditos, cuatro meses más tarde, a mamá la atropelló -accidentalmente- un coche rojo de modelo reciente, parecido al de la entonces esposa de su jefe. Murió, más bien, murieron al instante.

Yo quedé al cuidado del DIF o una de esas instituciones de gobierno. Todos los orfanatos estaban llenos y hasta los ocho años, después de peregrinar por uno y otro, me trasladaron a uno de Jalisco. No sé porqué. Yo sabía mi nombre pero ahí me decían Fátima, por la virgen. Así dirían mis papeles de adopción en dado caso de que la misma virgen cumpliera el milagro.

Siempre fui una niña lista aunque tranquila, mi introversión no me dejaba sobresalir de entre los demás. Aparte de todo, la gente que adopta tiene filtros superfluos y ridículos que van desde el color de la piel hasta el rizado del pelo. Yo era ésa que veía pasar a los padres potenciales por los jardines, por los cuartos, por la dirección... Escogiendo niños, como si fueran a comprar un perro.

Pasaba el tiempo y los de más años, íbamos dejando los zapatos a los niños más pequeños, esos que sabíamos tendrían, además de nuestros zapatos, una familia: "los que todavía no tienen mañas". Los más grandes sabíamos lo que nos esperaba: terminar la secundaria, aprender y aprovechar los talleres que nos ofrecían para cuando cumpliéramos dieciséis y nos echaran al mundo real después de ocho, diez, doce años encerrados. Ahora sí, a la vida donde no había horarios ni obligaciones, pero tampoco techo ni comida esperando.

Me faltan siete meses y trece días para salir de aquí. Diría que tengo miedo pero no sé cómo es eso de vivir sin que te digan cómo hacerlo. De hecho creo que hasta siento emoción ¿es esto una emoción? Mejor no me precipito.

Ya sé que en estos meses no seré adoptada. Nadie querría a una hija nueva que en vez de pedir muñecas pide brasieres; nadie querría a una adolescente que ya no es moldeable. Tampoco lo lamento. Me asusta un poco eso de no sentir empatía o algún tipo de sentimiento por nada ni nadie, pero es bueno porque tampoco sufro por apegos ni raíces. Hay algo en la historia detrás del huérfano, aunado a los mismos orfanatos, que pareciera te arrancan las ganas de sentir; de tener sueños o siquiera esperanzas, sin necesidad de que alguien te lo diga. Creo que es quizá porque saben que después de no tener nada, lo único que te hará sobrevivir, -después del encierro- es matar cualquier tipo de emoción que amenace con doblegarte.

El diecisiete ha sido el número maldito de las mujeres de mi familia, pero tengo un año, siete meses y trece días para romper ese patrón.

Porque los hijos de nadie; los bastardos de la tierra; los apestados por el paso del tiempo, no debemos definir un futuro con base en un pasado del cual no tuvimos culpa alguna.

10.9.15

Es caro ser un loco

En los tiempos de mis abuelos -o en los actuales pero en comunidades alejadas de poquita' civilización- la gente no podía darse el lujo de decir que estaban locos; para eso estaba El Diablo al que se le culpaba de poseer los cuerpos de quienes no tuvieran una salud mental medianamente buena.

Pero ahora podemos decir (o hasta compartir en redes sociales) irresponsablemente, que somos bipolares; paranoicos; esquizofrénicos o depresivos cuando solamente; o eres neurótico; voluble; o simplemente pasas por un mal momento que -cualquiera que tenga un IQ de más de 70- sabe que hay factores detonantes que pueden justificar una depresión pero ¡detente! Crees que eres especial autodiagnosticándote N cantidad de enfermedades cuando no tienes puta idea de lo qué estás hablando.

No. No. En esta época ser loco (al doctor no le gusta que los llame así) es muy caro.

Es caro amar y ser correspondido y vivir con el miedo de un día despertar y no querer ver a esa persona que hace que los buitres se coman tus miedos.

Es caro tener un rush de manía y tener cien ideas en media hora, releerlas cuando bajó y desecharlas todas porque las crees estúpidas. No lo son.

Es caro el desgano.

Es caro el desapego. Querer con tu alma podrida a un montón de gente y de repente pasar meses sin buscarlos porque no quieres platicar.

Es cara la misantropía y el complejo de sentir que nadie te merece.

Es más cara la baja autoestima cuando te ves a un espejo y no ves lo que los demás creen de ti.

Es caro no poder hacer planes a más de un mes porque sabes que no puedes comprometerte.

Es caro el prejuicio de los que no te conocen. Es desgastante lidiar con aquellos que creen que todo es mental y sólo quieres atención.

Es caro que te hable el espejo para querer sobajarte y humillarte como ningún otro puede hacerlo. Porque uno no necesita enemigos cuando es uno mismo el que se pone bajo la lupa.

Es cara la ignorancia. La indignación que te provocan ciertos comentarios hacia ti o hacia algún otro en condiciones similares.

Siendo serios, la salud mental es importantísima. Si creen -honestamente y no quieren jugar a ser cool porque hasta ahora, no porque está de moda, idiotas, sino porque la difusión y el progreso de la ciencia es muy grande- se dan a conocer todos estos padecimientos, vayan con un psicólogo, él les dirá (si es uno ético) si deben ir con él o con un psiquiatra. Es tristísimo ver suicidios que pudieron evitarse si se hubieran atendido, aunque si también era una decisión ya hecha, ni para dónde hacerse. No juzguen a quién lo haga, los hace ver como horribles especímenes.

Ah, se me olvidaba: también es caro el tratamiento y tus dos visitas al mes (según sea el caso) con el psiquiatra.

El día que vean sangrar a las paredes, entonces sí preocúpense.

2.6.15

Don't entry.

He visto suficientes programas forenses como para hacerme una incisión en la caja torácica y mostrar lo que hay ahí.

Un montón de vísceras que no sabemos ni cómo se llaman; ni qué función tienen; mucho menos dónde van -en caso de sacarlas de ahí-, también hay un corazón que no está exactamente en el lado izquierdo pero se inclina más hacia ese ángulo.

No es negro, ni de ceniza, ni frío; mucho menos es de piedra. Al contrario; es de un rojo oscuro, palpita, es blando y muy tibio. Como el tuyo.

Con sus defectos; culpa al tiempo, a los vicios, a su descuido, a mí. Como pasa igual contigo.

No siente pero sí. Románticamente lo decimos por un montón de mitos griegos acerca de él; pero científicamente sabemos que lo que nos hace creer que así pasa son la bola de neurotransmisores -de los que tampoco tengo conocimiento-. Justo como tú.

No sé qué sea pero a su lado hay algo intangible, un espíritu o un alma que, volviendo a lo del romanticismo, tiene explicación médica de porqué parece que duele el pecho cuando el corazón se siente apachurrar por alguna razón emocional (que también lo maneja el cerebro), pero somos buenos para somatizar y volver dolores inexistentes una realidad. Ándale, sé que también te ha pasado.

Me abriré el pecho. Luego el tuyo para que veas que tenemos lo mismo y hasta podemos sentir parecido pero en serio, no son comparables. Quizá el mío pueda durar menos o más, pero los dolores que nos inventamos nunca serán iguales.

No abramos cajas torácicas porque se pueden convertir en de Pandora.

No mires adentro de otros, a veces hay tanta sangre que te puedes reflejar y tal vez no te guste lo que veas. Así como yo, me ha pasado. Nada vuelve a ser igual.

22.5.15

El viejo y el mar; en sus ojos.

Los románticos dicen que los ojos son la ventana del alma. 

Los optimistas dicen que son el reflejo de lo bonito del mundo.

Yo digo que son dos bolas que me hacen entrecerrar los párpados para enfocar bien, las cosas como son. 

Mi abuelo -el muerto- tenía unos ojos grises como el nubarrón que traigo desde hace meses. Pero en traslúcido. Se podía ver a través de ellos. Te podías ver tú. Podías ver lo bonito del mundo. O sea que tenías lo de los románticos, lo de los optimistas y lo de las yo' en un mismo par de ojos. 

Casi siempre tenía su mirada, sino era vidriosa porque su retina ya estaba muy desgastada y la luz le calaba muy fácilmente, era porque acababa de llorar o porque recordaba algo que eso le provocaba. Perdía la mirada, como esperando que nadie lo notara aunque yo era fanática de ella y procuraba no perderla de vista. 

Él, en su juventud era un tipo guapísimo. Lamentablemente era proporcional a su machismo y lo cabrón que llegó a ser. De esos tipos conflictivos, pleitistas de cantina; mujeriegos que tienen a su esposa en casa esperando a que lleguen para servirles la comida. Me han contado cosas que no son dignas de presumirse, mucho menos que queden plasmadas aquí, en caso de que algún día mi papá llegue a leer ésto. 

No tenía una buena reputación ante la familia. La reputación queda hasta la muerte y mis únicos, y mejores, recuerdos de él comienzan cuando murió mi abuelo materno, donde todos se deshacían porque fue una muerte inesperada y mi mamá estaba tan ensimismada en su dolor que olvidó que tenía hijos a los que nos dolía que mi otro abuelo, también cabrón, también guapísimo, también una ficha, hubiera muerto. 

En los ranchos se acostumbra a velar al difunto en la casa del mismo. Ese día yo estaba llorando en una banquita afuera del rancho de mi abuela, mientras todos lo hacían alrededor del féretro, y en eso llegó mi abuelo, al que se le reconoce como el muerto, se sentó conmigo y dejó que llorara en su camisa blanca con rayas grises. Fue el único que se acordó que yo existía; y que me dolía ya no tener más abuelo gallero; y que me partía ver a mi mamá deshecha porque había perdido una de las personas que más quería: su padre. 

Después de ese 12 de enero de ya no recuerdo qué año, el lazo entre mi abuelo -el muerto- y yo, se hizo una cosa irrompible. Era un tipo duro que no mostraba sus sentires así le quitaran la piel. Pero yo era (sigo siendo) una ridícula que siempre le platicaba, le cuestionaba, le hacía que dijera cosas que quizá nunca consideró decir pero lo hizo. 

Era sabio el viejo. 

Me decía que la gente más longeva, refiriéndose a él, lo era porque era como un castigo para tener tiempo de arrepentirse de todo lo malo que había hecho. Vivía rezando y llorando. Pidiendo perdón no a quien debería haberlo hecho, pero se le notaba en sus ojos y en el siempre temblor de sus manos cuando te tocaba la cara. También llegó a mencionar que si veías por sus ojos no ibas a ver ni su alma, ni su bondad; que verías su pasado y no le gustaba lo que había sido. Por eso siempre desviaba la mirada cuando alguien intentaba sostenérsela. 

A mí me tocó convivir con el abuelo bonachón. El viejito corajudo pero que nunca me regañó. Tenía un bastón con el que, cuando me alcanzaba, me tocaba un chingazo', pero sabíamos que lo hacíamos porque yo me le igualaba. 

Hoy me da gusto que haya muerto cuando así pasó, aunque inconscientemente no lo haya superado, lo que menos me gustaría sería que me viera como ahora; entre sí y no: derrotada, desesperanzada, desconfiada y temerosa. Nada de lo que él conoció hasta mis 17 años, cuando murió, cuando él creía en mí y daba por hecho que yo sería objeto de su orgullo.

Pensando en lo que él me platicaba, he de confesar que tengo miedo porque si es cierto lo que él dijo, creo que viviré más de cien años. 



Como nota al pie, cuando murió, entre sus pertenencias estaba su cartera, cuando la abrí, lo primero que saltó de ahí fue una carta que le hice. No me dejaron entrar a verlo cuando agonizaba pero los que ahí estuvieron, dijeron que fui de sus últimos pensamientos. La maldad la tomaré en cuenta después de su muerte, entonces. 


Ojalá alguien me vea como yo lo vi a él, algún día. 

15.4.15

...

A veces me canso de ser la que llora; la que pide disculpas; la que cede... porque me precede el "no me gusta pelear" y lo respeto.

Me canso de inventar excusas porque simplemente no quiero interactuar; de acudir a pretextos dignos de "el perro se comió mi tarea" con tal de no entablar conversación; de que me vean con lástima porque de un minuto a otro mi semblante ya está boca abajo.

Me canso de explicar; de que me digan "échale ganas, todo es mental", y vuelvan a sobar mi cabeza como si fuera un perro abandonado al que no se pueden llevar.

Me canso de que me veas así cuando estoy contenta; y así cuando no lo estoy.

Me canso de que trates de entenderme, esto no se trata de generar una empatía obligatoriamente; se trata de que si me ves alegre, celebra conmigo; si me ves triste, nada más guarda silencio.

Me canso de ser la que un día ama hasta querer matar, y al siguiente, el querer se fue, como se va el eco en una cueva pequeñita.

Me canso de ser yo. Me extraño. Me quiero en el 94'.

En los últimos días me canso de todo y muy fácil... entonces, es tanta la fatiga que mejor me recuesto para seguir pensando, doliéndome y cansándome, pero viendo al techo.

18.2.15

Y jugábamos...

Aquí lo difícil fue que lo que a mí me parecía mal; tu creías que era un juego.

Como los juegos del parque, los de metal que tenían una hoja levantada y terminabas con seis puntadas. O los de madera con los que las astillas se metían entre las uñas y debían cortarte a la altura de de la mitad del dedo para poder sacarte esa astilla.

Esos juegos que a unos divierten pero al que está arriba; le duelen.

Si no hay acuerdo; no hay juegos. Bien simple la cosa que es después de los 28.

15.2.15

El Gato y Yo.

Sí, yo también he estado ahí; así.

Con las persianas entreabiertas y los ojos igual, esperando ilusamente que si no abro los ojos, el sol no aparecerá y, por consecuencia, no me calará cuando los abra, al igual que las persianas.

Con el gato en la esquina de la cama, luego en el lado derecho hasta llegar a mi cara. Aunque duermo con las cobijas hasta arriba, se las ingenia para meter su cola y hacerme estornudar, tan sigiloso sin ruido alguno, tan astuto, tan tramposo; como esperando a que me levante para ponerle leche en su plato. Dicen que los felinos son muy independientes y por eso lo preferí a un perro, me da flojera cuidarme a mí, creí que un gato sería fácil pero no; son latosos, a veces desordenados y convenencieros; cuando quieren, ronronean y se acurrucan para que les hagas caso. Estoy describiendo a un humano promedio; prefiero los gatos.

Apenas son las diez de la mañana. No hay necesidad ni de abrir los ojos; ni mucho menos las persianas pero el gato logró que lo hiciera. Hay leche para él o para mí. Se la sirvo a él porque mis antecedentes me hacen vomitar si consumo algo antes de las once de la mañana. Alguien en la casa es feliz, al menos.

Prendo la computadora esperando un sinfín de notificaciones y correos electrónicos para calcular la administración de mi tiempo según la densidad de lo importante. Spam, en su mayoría invitándome a comprar vuelos a Sudamérica. No es momento, no hay lujo para darse ese momento, pienso. Los descarto y en vista de ningún correo laboral, me dispongo a leer noticias, es mi trabajo. Tomo un té de hierbabuena a las doce del día mientras sigo viendo cómo el mundo pacta treguas para el cliché de las Misses': paz mundial. Sigo leyendo; sigo, sigo, sigo... tres o cuatro horas y no hay noticias alentadoras. Cierro la computadora, sigo en el teléfono y me regreso a la cama; a cerrar las persianas y con ellas oscurecerme esperando adelantar la noche.

El tiempo no avanza, tampoco el sol se va. Me rindo y abro -otra vez- la persiana, me siento a ver nada mientras el gato con su mirada profunda no sé si me tiene lástima o simplemente lo tengo harto. Luego empieza a pasearse entre mis piernas hasta que lo cargo y comienzo a acariciarlo. Después de mi compañía telefónica, es la relación más estable que tengo; en nuestro modo nos soportamos porque nos acompañamos, me doy cuenta que también estoy describiendo las relaciones entre humanos.

Escuché en un programa de TV: "los humanos me simpatizan hasta que empiezan a tener dientes"; y aunque el gato tiene muchos, es perfecto que no hable. Y nuestro trato pasivo-agresivo parece funcionar.

Yo también he estado ahí, te digo. En la mente de alguien que seguro tiene una vida como la que acabo de narrar, que no es la mía.

Más importante que llamarse Ernesto, es elegir la banda sonora de tu vida.