When the planets stop spinning and the music stops, Take a deep breath in, let your life fade out, with everything else, you'll fade into the horizon.....
26.1.20
Reborujada
23.10.19
La Memoria del Cuerpo.
Desperté con una maraña en la pelvis, o vientre, o chakra principal, o lo que sea, pero no entendía porqué. Después de tanto, ya distingo la ansiedad y el pánico de los simples nervios. Ésta vez era una mezcla de los tres.
Aparte de mi centro hecho nudo, tenía taquicardia, temblores, zumbido en los oídos y respiraba a medias, todo lo físico indicaba que venía el colapso, esta vez no traía ni un pedacito de Clonazepam en mi bolso (que lo cargo para casos así), pero mi mente estaba bien; mi humor era bueno y mi actitud también. Cuando mi cuerpo y mi mente se contradicen -no pasa seguido- tiendo sólo a sentarme y dejar que llegue el golpe final para ver cuál ganó. Sin hacer nada. Terminé en el baño, como siempre, el vómito es mi pasiflora.
Entonces vi el calendario (tengo 3 días escribiendo esto), 21 de octubre. Recuerdo que Deni me mandó un mensaje preguntándome si aún seguía con L; "pues sí, está en la casa, yo con mis papás, ¿por?" y ahí me dijo que alguien lo había visto con una tipa en un bar muy sospechoso. Conozco, quiero y confío en Deni completamente, sé que no diría algo sólo por lastimarme.
Era viernes y yo esperaba las 5 pm para llegar a 'nuestra casa' a confrontarlo. Nunca un camino me pareció tan largo; nunca un paso lo sentí tan lento; nunca un dolor lo sentí tan real aunque yo sabía que no existía. El amor no duele, el desamor sí.
Lo único que quería era llegar y que me dijera que era mentira, que era un chisme, que yo era el amor de su vida, como tantas veces me lo dijo antes, y quedarnos abrazados juntos porque al día siguiente era su cumpleaños.
Nada más diferente a lo que yo tenía como escenario. Él no dijo nada, yo lloraba, como implorando una mentira que me sacara de lo que sentía, pero él se limitaba a negar con la cabeza. Le di su regalo porque yo para qué lo quería. Él se salió más tarde porque era su cumpleaños y tenía que celebrar, lo nuestro podía esperar. También me salí de esa horrible casa que nunca sentí como hogar y que tanta angustia me daba para ir a casa de uno de mis amigos.
Volví como a las 12 am a 'nuestra casa'; desecha, rota y desorientada; a eso de las 3 am llegó él con la tipa con la que lo habían visto "a seguirle". Ajá, a nuestra casa llegó con la mujer que se supone era el motivo de que terminaríamos. Sí fui muy estúpida pero alego a mi favor que de repente creía que por el amor se luchaba y yo estaba casi segura -aunque había mil señales de meses anteriores de que ya no estaba enamorada- de que era el hombre con el que tendría un proyecto de vida. Mi vida. Nuestra vida.
Drama. Drama. Drama.
Él sólo quería un lugar donde poder tomar después de que le cerraran todos los bares y ese lugar, decidió, sería nuestra casa. Yo llorando en la habitación y él tomando con ella en mi sala (porque TODOS los muebles eran míos). Salí del cuarto, más drama, y ella terminó yéndose. ´Él se fue detrás de ella.
¿Ven cómo sí fui estúpida? Todavía tuve el descaro de volver con él en diciembre. Preséntenme la dignidad, por favor.
22 de octubre. Todo mi día fueron lágrimas y yo empacando en bolsas, cajas, cobijas, lo que -se supone- era nuestra vida juntos. En 24 horas me quedé sin nada; sin ideas de qué seguía después de que el amor te traicionaba, sin planes, sin confidente y sin confianza. A pura sal en la cara de tanto llorar, no podía hacer otra cosa, no tenía idea de porqué a mí si yo era tan buena (estúpida) y tan comprensiva (estúpida). Mi error también fue que no tomaba como él quería, porque eso era importante en nuestra relación, tener problemas con el alcohol. Claro que me gustaba pero también quería quedarme en casa haciendo nada; él no, se deprimía. Parecía que su espíritu se alimentaba de lo social (redes, fiestas, bares). No fui suficiente (ESO CREÍA, YA NO).
Diana es mi prima pero es mi mejor amiga también, recién había salido de una relación que quiso mucho pero -ahora lo dice- lo mío fue más dramático y no se dio oportunidad de llorarle porque estaba cuidándome. Me ayudó a empacar, llegó borracha con un amigo suyo, boxeador, que quería ir a buscarlo para 'partirle su madre'. "No, en serio lo matas de un golpe, no es necesario". Toda la noche estuve llorando y empacando, parecía que le hacía un rito a cada cosa que metía en una bolsa o una caja. Odio los sepelios y eso era muy parecido.
23 de octubre. Con toda la vergüenza del mundo, les dije a mis amigos en el chat de Whatsapp que había pasado esto y necesitaba ayuda para salirme de esa casa; respondieron y en un momento estaban afuera con camionetas y coches para ayudarme a bajar y llevar mis cosas a la casa de Diana, que era a donde llevaría todo mientras buscaba un refugio nuevo (spoiler: encontré algo inmejorable)
Era domingo y yo en verdad estaba rota, pero ahí estaban ellos, muchos, conmigo y sin juzgarme. Mi hermana, mi prima, mis amigos e incluso la novia, que ahora es esposa, de uno de ellos que así, sin pensarlo, llevó la camioneta de sus papás para ayudarme a salir de ahí; dijo que recordaba una situación similar con una de sus mejores amigas y desde ese día la quiero más. Comenzó a llover fortísimo, muchos recuerdan ese día porque no suele llover así, bromeaban con que dejara mi furia un ratito, yo nada más decía que era tristeza.
Luego llegó L y estaba afuera del edificio. Ahora sí quería hablar, después de casi 3 días de borrachera porque pues... Era su cumpleaños y ese gusto no se lo iba a quitar nadie, ni con la que se quería casar y tener una familia. No se acercó porque supongo tuvo miedo/pena/algo de ver a mis amigos enojados. Me fui de ahí más o menos a las 8 de la noche. Lloré mucho cuando dejé a los perros porque no se merecían la vida que les daba, me culpé un montón porque pensé en robármelos pero ni yo tenía casa, ¿A dónde los podía llevar?
Llegué a casa de mis papás con dos maletas. Llorando. Les dije que no había funcionado. No les mencioné lo de la infidelidad porque vaya si soy estúpida, en mis adentros, algo me decía que eso se iba a componer y volveríamos a nuestro proyecto juntos.
Y fue el 23 de octubre de 2016 el día en que dejé esa casa que tantas lágrimas me dio. Vacía. Con su ropa, que era lo único suyo, encima de una cobija.
3 días que parecieron uno.
Y pensar que todo esto salió de que sentí el vientre revuelto y vi el calendario. La memoria del cuerpo es impresionante. Ojalá también ella ya lo dejé ir.
16.9.19
...
Quizá me habría evitado el dolor más grande de mi vida.
Nunca lo sabremos, pero no era el momento. Estaba tan segura de unas cosas y tan insegura de otras que, como dice uno de mis exjefes "ante la duda, Sandra, es un no".
Hasta ayer me jactaba de sentirme tranquila y no querer nada más que no fuera eso: tranquilidad.
Pero luego desperté con las ideas hechas nudos porque ya no puedo dejar de pensar en mí en otros escenarios y me puse a llorar, como siempre, porque me doy cuenta que mi tranquilidad es de azúcar y que cualquiera que me plantee otros caminos que debí haber tomado en tiempo pasado me vuelve chiquita porque soy la reina de los escenarios inexistentes y en mi otra vida, en aquella donde me fui por otro lado, quizá soy muy feliz al lado de quien, en aquel momento, no me supe quedar.
En fin... Es horrible seguir creciendo. Ahí para la otra.
18.1.19
2019
Oigan, traten de ser felices con lo que tienen, vivan la vida intensamente, luchando lo conseguirán.
Que todo lo bonito los lleve de la mano, y que si pasan por algún mal rato no sea en vano y deje la huella de una gran lección de vida.
- Abracen mucho, cada que puedan.
Rían hasta cochinear; un estudio inventado por mí, arrojó como resultado que una risa con cochineo es una cadena de carcajadas de efecto duradero.
- Coman todo lo que puedan, cuando puedan; llegará el momento donde les falle la dentadura y se arrepentirán de no haber mordido esa palanqueta.
- Bailen, bailen mucho. Los pasos más originales son de aquellos que dicen que no saben bailar.
- Quieran hasta romperse, pártanse el hocico, apuéstenlo todo, si no funciona que no quede en ustedes. No tienen que portarse como el otro, stay classy.
- Nada es para siempre. Ningún corazón se rompe para toda la vida, denle chance a otro de ayudarles a juntar los pedacitos.
- No se espanten con los perros pateados, todos hemos sido uno alguna vez, pero si se topan con un fan del dolor amoroso, huyan sin explicaciones.
- Háganse confidentes de su soledad; me he enamorado muy fuerte pero nunca sufrí por no tener a alguien conmigo, lo que deriva a que todo llega cuando así debe ser.
- No forcen las cosas, si el zapato no es de su calce, déjeselo a otra cenicienta.
- Ahorren. Aunque el dinero no lo es todo, es el que costea todas esas cosas bonitas como viajes, conciertos y juguetes de esos que les hacen sonreír.
- Y repito: No es su obligación querer a quien los quiere; pero tampoco sean hijos de la chingada y anden dando esperanzas de que van a querer.
- Una vez que saben que alguien los quiso como a nada, no acepten una oferta menor.
- Está bien ridículo decir esto pero crean en lo que quieran, no hay nada más triste que un hombre que no tiene en quien creer.
- Traten bien a los niños y a los animales. Sean educados, amables. No sabe lo poderosa que es una sonrisa ante quien no está acostumbrado a recibirla.
- Por favor y gracias, palabras de poder; SIEMPRE.
- Pueden tener exceso de confianza con sus padres pero respétenlos. Si un día están en modo nefasto, hostil, harto o lo que sea, díganlo y enciérrense, los demás no tienen la culpa de ello, doy fe.
- Escriban, lean, escuchen, prueben, atasquen sus sentidos, no se queden con las ganas.
No tropiecen dos veces con la misma piedra; puede cambiar de posición o hasta de lugar pero la piedra será la misma.
Si yo pude; ustedes también.
Y lo más notorio; cambia el año pero si la actitud sigue siendo la misma, olvídense de cualquier mejora.
Feliz, muy feliz vida a todo el que lea esto.
*Escrito en diciembre de 2015. Extrañamente, en enero de 2019 siento que me queda mejor incluso que cuando lo pensé.
Quédense. Se pone bonito.
7.6.18
4 velas.
Mis muertos son 5; mis 3 abuelos, mi amigo Pedro y mi primo Johnatan. Hay personas que he estimado y hasta querido mucho pero no están en mi lista de voces que me duele -porque duele- saber que no volveré a oír u oler sus humores.
Mi primo "Mini" es el más reciente, hoy cumple 4 años de que su corazón ya no latió y pudo descansar él y su familia de lo desgastante que vivieron sus últimos años. El 25 de julio, si no me equivoco, cumpliría 29 años.
Últimamente me enojan muchas cosas que no puedo controlar; el abandono de niños, el maltrato, el abuso, el puto cáncer, los indigentes, el cinismo, la deslealtad, la soberbia, el oportunismo, la ignorancia frente a tantas cosas pero ahí lo dejo o enloquezco.
Hace 4 años yo estaba velando a mi primo y le pedí permiso de ir a la Plazuela Miguel Auza a ver a Real de Catorce porque, raro... Muy muy raro, José Cruz ha coincidido en Zacatecas en momentos donde he estado en mis puntos más bajos (4). También, casualmente, tiene un disco muy bonito llamado "Mis Amigos Muertos".
Tengo X cantidad de primos a los que quiero mucho pero no nos engañemos, siempre hay favoritos; los cercanos. Mini y Vlady -su hermano- son (sí, en presente) de mi casa. Al igual que Diana y en los últimos años, Nadia.
Escribo esto mientras ya suena Agua con Sal "mama, soy la oveja negra en tu nido,
mama, prende una cerita por mí.
No me busques más, déjame vivir así..."
Y dentro de todo, me consuela el saber que sí vivió como le dio su chingada gana.
Gracias por habernos querido, Mini ❤
7.9.17
También pasará.
30.8.16
Costumbres.
Hay tradiciones, costumbres, rituales o como le quieran llamar que, independientemente de nuestra postura religiosa -o de cualquier tipo-, creo son importantes mantener no sólo por el hecho de continuar algo que la familia arrastra desde sabrá Dios cuándo, sino por el vinculo atemporal que crean entre quien se esmera en mantenerlo y quien es testigo de cómo se prepara; del recuerdo que se siembra; del momento que se guarda en la memoria de ambos.
Actualmente, ya en mi edad adulta (adulta, no madura) y un poco reacia a la fe; las creencias y todo lo que no tenga una base científica probada -a pesar de no considerarme atea sino una religiosa convenenciera- me resulta difícil introducirme, y quedarme, en ciertos ritos de mi mundo contemporáneo.
Confieso que me está resultando aburrido cuestionarme todo, lo descubrí hace poco tiempo pero así es. Era más fácil de niña donde todas mis pequeñas complicaciones las dejaba en manos de un Dios; mis juguetes a Santa Clos; mis dientes al ratón; mi cielo y mi infierno; mis santitos para que no me regañaran por alguna tontería infantil; mis cosas intangibles que me platicaban mis abuelos para que me bien portara. De adulta ya no tengo a quién echarle la pelotita para no hacerme responsable de mis actos.
No sé hacer preámbulos.
Todo lo anterior se reduce a un recuerdo que me llega a tocar las ventanas del alma cada que una muerte que sientes que te duele por N cantidad de razones, sea o no sea alguien directo.
De chiquilla, recuerdo claro cómo mi mamá, cuando alguien fallecía (ella sí lo hacía con cercanos, a menos que le afectaran en su maternidad) iba a la tienda, compraba una veladora, ponía un perrito de plástico y un vaso con agua. Como a muchos, creo que le afecta más cuando el difunto es joven o muere de forma repentina. Me explicaba que la veladora era para que iluminara su camino; el perrito para que lo guiara y ayudara a cruzar el río (cosas de católicos) y el vaso con agua para la sed en su trayecto.
Yo me quedaba media noche esperando a que se consumiera la veladora, a que bajara el nivel del agua y que el perrito hiciera un mínimo movimiento. Nunca pasó y qué bueno porque ahí me habría infartado.
Entonces, mi naturaleza aprehensiva no me dejaba cerrar los ojos por días, de sólo pensar en los espíritus que todavía no lograban pasar el río porque estaban asustados y confundidos. Mi mayor tristeza era pensar que sufrían porque todavía no concebían que su alma ya no estuviera en su cuerpo; que, por la muerte inmediata, hubieran dejado asuntos pendientes; peleado con su familia... Mil cosas que podría mencionar pero no quiero. Mi empatía extrema me colocaba en el lugar del muerto y comenzaban los ataques de pánico y de ansiedad al pensarme en esa situación. Nunca pasó de un susto.
Y es ese tipo de rituales que me siguen gustando, más muchos otros, que quiero que sigan en mi descendencia. No importa que sean bastardos de creencias o perdidos de su fe, hay cosas que, pienso, no debo dejar morir en mi genealogía.
Vuelvo a escribir. Juan Gabriel murió hace dos días, el domingo 28 de agosto de 2016, de un infarto fulminante, y a muchos nos dolió su partida porque podría jurar que estuvo presente en los recuerdos; en las familias; en los momentos de, a excepción de unos muy pocos, mi generación; la de mis padres y abuelos.
Hoy tengo el pesar, porque sí lo es; me pesa, que esté asustado y todavía no sepa qué pasa a su alrededor.
Yo aquí le pongo su veladora con su perrito y su vaso con agua.
Llegarás con bien, a donde debas llegar. Porque si mi mamá me dijo que eso era para cruzar el río con bien, le creo.
Que seas muy feliz estés donde estés...
15.8.16
La Señorita Vacío
Un día, cuando era niña, vi a una señorita llorando en una banca de un jardín. Hacía como que se escondía pero yo -experta en llanto- notaba a leguas su irritación en el antifaz alrededor de los ojos y los restos de Kleenex que le quedaron, al haberse limpiado supongo. Mi mamá veía unos zapatos y yo, argumentándole cansancio, le dije que la esperaba sentada en el jardín del frente. En aquel entonces no podía despistar que la veía porque los celulares aún no estaban al alcance de todos, mucho menos de una niña de once años.
No le pregunté qué le pasaba porque me dio pena, creo que a ella también porque se levantó y se fue. Antes de perderle la pista, me miró y no supe a dónde voltear así que la vi también.
Mi personalidad aprehensiva, desde que recuerdo, me hizo fijarme en su mirada y más que tristeza sentí miedo; tenía ojos pero no mirada, o sí, pero vacía, perdida, oscura... Como si alguien le hubiera metido los dedos por la cavidades oculares y en vez de los globos hubiese extraído su esencia. La chica era un vacío, si te asomabas a través de ella, podías escuchar tu eco. Era un muerto respirando. Viva, pero no. Como si su corazón no latiera; rugiera.
Porque en esos tres segundos pude ver tristeza, enojo, decepción y todas las fases de un duelo en un instante. Ella no era ella; la habían robado de sí misma.
Nunca sabré qué fue lo que le pasó pero yo tejí un montón de trenzas con todas las historias que le inventé. A los once, mi imaginación ya era muy dramática pero todavía tenía sueños, ilusiones e incluso esperanzas. Quise pensar que, lo peor para mí: la muerte, no era el motivo de su hueca mirada y, al final de todo, la dejé aclarar las cosas con el que la había decepcionado.
Mi mamá volvió con zapatos nuevos y yo con una historia qué inventarme, tuve veinte minutos de autobús de regreso a casa para poder llegar y escribirla en el aire.
Porque a los once puedes ser lo que sea, pero siempre va a ganar la cursilería y tus ganas de que el amor triunfe por sobre todo.
Procuren nunca vaciarse, puede haber una niña metiche que los recuerde 21 años después y qué tristeza ser ese adulto al que describieron como hueco, y no precisamente de sus piensos. Si los descubren, háganle una mueca o finjan una sonrisa.
No sean el vacío caminando.
17.3.16
17
Mi nombre es Irene, me llamaron así porque era el nombre de la abuela de mi mamá que fue la que cuidó de ella mientras la suya cuidaba a los hijos de otra, porque se fue con un hombre que tenía dos hijos, mi madre tenía recién cumplidos cuatro años.
Irene, la bisabuela, era una mujer joven. Siguieron un patrón de tener hijos a los diecisiete años, por muchas razones; rebeldía, precocidad, falta de educación, entornos hostiles, entre muchas otras. Entonces, haciendo cuentas, Irene tendría treintaicinco años aproximadamente cuando se convirtió en abuela, aunque la vida no la había tratado muy bien y lucía como quince años mayor. Tenía menos de cuarenta cuando mi abuela se fue, quedándose a cargo de mi madre. No tuvo más hijos, enviudó muy joven y carecía de ingresos por lo que, aparte de vender en las oficinas aledañas productos por catálogo, comenzó a limpiar casas los fines de semana. Tenía que costear los gastos que aunque no eran para nada ostentosos, debían cubrirse.
Irene vivió rápido, tanto que la vejez la alcanzó muy pronto, dándole una natural, y, como toda su vida, precoz menopausia alrededor de los treintainueve años.
De mi abuela ya no se supo nada, alguna vez llegó un sobre con tres mil pesos y una nota pidiendo perdón. Tres mil pesos costaron doce años de incertidumbre. En fin, ese dolor ni siquiera fue mío, aunque dicen que la muerte de Irene tuvo mucha tristeza en su padecimiento. Imagino eso que alguna vez escuché acerca de los brazos vacíos de una madre y se me pone la piel de gallina recién pelada.
Irene era una buena madre, hacía todo lo posible porque comida, techo, agua caliente, uniformes y útiles escolares no faltaran. Y así fue hasta que mamá entró a la vocacional porque "ella debía cambiar el futuro en la historia familiar", todo parecía ir bien pero eran tiempos de crisis y -como siempre- de pubertades inquietas; de personalidades, olores y hasta voces indefinidas.
El nombre de mamá no importa porque puede ser la historia de cualquiera; desde la muñequita sintética hasta neurótica (románticas y certeras letras de El Haragán), entonces, no es anonimato sino irrelevancia.
Ella conoció a un rebeldillo de esos progres new age que quería derrocar al sistema capitalista a librazos' y piedra quemada. En ese mismo tiempo, con la menopausia de Irene vinieron más complicaciones que provocaron N cantidad de operaciones; extirpar quistes, quitarle la matriz, biopsias, terminando con un diagnóstico de metástasis de cáncer cervicouterino. Siendo humanos, pienso que el que todo haya sido tan rápido, fue lo mejor para ella; para mi mamá; para el Dios al que tanto le rezaba.
Entonces quedó mi madre flotando en la nada, sin saber hacer mas que pancartas contestatarias para los movimientos estudiantiles de los que ni conocimiento tenía, de la mano del tipo aquel adicto a la piedra y a los apoyos gubernamentales a los que tanto escupía. El mismo que, poco después, se convertiría en el que coló esperma en la vagina de mi madre para después de saber la noticia, decir que no podía estar en una lucha si tenía un bebé llorando mientras cambiaba pañales.
Mamá se quedó sola. Con una niña llorona y la casa de Irene. Medio habitable y medio no, cuando llovía parecía caerse pero a pesar de eso, servía de resguardo. Acostumbrada a ser parte del mobiliario de la casa donde sólo había muebles apolillados, logró que una vecina se compadeciera y le ayudara a cuidarme para poder trabajar. Marta, así sin hache, se llamaba, y hablo en pasado porque ya no creo que exista. Mi madre le daba poco dinero pero ¿qué más daba otro niño si ya cuidaba de cuatro? Cuatro varones cuyos nombres tampoco diré pero tenían once, ocho, cinco y tres años.
Mamá consiguió un trabajo de secretaria de un funcionario de medio pelo en la legislatura de aquel entonces. Ella era bonita, tanto que no tardó en volverse de confianza, demasiada, de dicho funcionario.
Mientras Marta me cuidaba lo mejor que podía, mi mamá seguía dándole dinero cada semana. Yo tendría ya cuatro años y, aunque todos esos recuerdos son borrosos, el niño de ocho, que ya cumpliría doce, un día quiso jugar conmigo pero me asusté y me puse a llorar. Marta escuchó, vio mis calzones con olanes en el suelo y a pesar de que -creo- no pasó nada, le dio una tunda al chamaco digna de redimirte y conducirte al sacerdocio.
Ese día, Marta le dijo a mi madre que las cosas se habían complicado y ya no podría cuidar de mí; su mundo se vino abajo. Más aún porque tenía dos meses de retraso, una hija de cuatro años y ella ni los veintitrés cumplidos. Como era de esperarse, la confianza que le había dado su cincuentón jefe, habría tenido consecuencias.
Cuando mi hermano ya estaba formado y casi con uñas en sus deditos, cuatro meses más tarde, a mamá la atropelló -accidentalmente- un coche rojo de modelo reciente, parecido al de la entonces esposa de su jefe. Murió, más bien, murieron al instante.
Yo quedé al cuidado del DIF o una de esas instituciones de gobierno. Todos los orfanatos estaban llenos y hasta los ocho años, después de peregrinar por uno y otro, me trasladaron a uno de Jalisco. No sé porqué. Yo sabía mi nombre pero ahí me decían Fátima, por la virgen. Así dirían mis papeles de adopción en dado caso de que la misma virgen cumpliera el milagro.
Siempre fui una niña lista aunque tranquila, mi introversión no me dejaba sobresalir de entre los demás. Aparte de todo, la gente que adopta tiene filtros superfluos y ridículos que van desde el color de la piel hasta el rizado del pelo. Yo era ésa que veía pasar a los padres potenciales por los jardines, por los cuartos, por la dirección... Escogiendo niños, como si fueran a comprar un perro.
Pasaba el tiempo y los de más años, íbamos dejando los zapatos a los niños más pequeños, esos que sabíamos tendrían, además de nuestros zapatos, una familia: "los que todavía no tienen mañas". Los más grandes sabíamos lo que nos esperaba: terminar la secundaria, aprender y aprovechar los talleres que nos ofrecían para cuando cumpliéramos dieciséis y nos echaran al mundo real después de ocho, diez, doce años encerrados. Ahora sí, a la vida donde no había horarios ni obligaciones, pero tampoco techo ni comida esperando.
Me faltan siete meses y trece días para salir de aquí. Diría que tengo miedo pero no sé cómo es eso de vivir sin que te digan cómo hacerlo. De hecho creo que hasta siento emoción ¿es esto una emoción? Mejor no me precipito.
Ya sé que en estos meses no seré adoptada. Nadie querría a una hija nueva que en vez de pedir muñecas pide brasieres; nadie querría a una adolescente que ya no es moldeable. Tampoco lo lamento. Me asusta un poco eso de no sentir empatía o algún tipo de sentimiento por nada ni nadie, pero es bueno porque tampoco sufro por apegos ni raíces. Hay algo en la historia detrás del huérfano, aunado a los mismos orfanatos, que pareciera te arrancan las ganas de sentir; de tener sueños o siquiera esperanzas, sin necesidad de que alguien te lo diga. Creo que es quizá porque saben que después de no tener nada, lo único que te hará sobrevivir, -después del encierro- es matar cualquier tipo de emoción que amenace con doblegarte.
El diecisiete ha sido el número maldito de las mujeres de mi familia, pero tengo un año, siete meses y trece días para romper ese patrón.
Porque los hijos de nadie; los bastardos de la tierra; los apestados por el paso del tiempo, no debemos definir un futuro con base en un pasado del cual no tuvimos culpa alguna.
10.9.15
Es caro ser un loco
En los tiempos de mis abuelos -o en los actuales pero en comunidades alejadas de poquita' civilización- la gente no podía darse el lujo de decir que estaban locos; para eso estaba El Diablo al que se le culpaba de poseer los cuerpos de quienes no tuvieran una salud mental medianamente buena.
Pero ahora podemos decir (o hasta compartir en redes sociales) irresponsablemente, que somos bipolares; paranoicos; esquizofrénicos o depresivos cuando solamente; o eres neurótico; voluble; o simplemente pasas por un mal momento que -cualquiera que tenga un IQ de más de 70- sabe que hay factores detonantes que pueden justificar una depresión pero ¡detente! Crees que eres especial autodiagnosticándote N cantidad de enfermedades cuando no tienes puta idea de lo qué estás hablando.
No. No. En esta época ser loco (al doctor no le gusta que los llame así) es muy caro.
Es caro amar y ser correspondido y vivir con el miedo de un día despertar y no querer ver a esa persona que hace que los buitres se coman tus miedos.
Es caro tener un rush de manía y tener cien ideas en media hora, releerlas cuando bajó y desecharlas todas porque las crees estúpidas. No lo son.
Es caro el desgano.
Es caro el desapego. Querer con tu alma podrida a un montón de gente y de repente pasar meses sin buscarlos porque no quieres platicar.
Es cara la misantropía y el complejo de sentir que nadie te merece.
Es más cara la baja autoestima cuando te ves a un espejo y no ves lo que los demás creen de ti.
Es caro no poder hacer planes a más de un mes porque sabes que no puedes comprometerte.
Es caro el prejuicio de los que no te conocen. Es desgastante lidiar con aquellos que creen que todo es mental y sólo quieres atención.
Es caro que te hable el espejo para querer sobajarte y humillarte como ningún otro puede hacerlo. Porque uno no necesita enemigos cuando es uno mismo el que se pone bajo la lupa.
Es cara la ignorancia. La indignación que te provocan ciertos comentarios hacia ti o hacia algún otro en condiciones similares.
Siendo serios, la salud mental es importantísima. Si creen -honestamente y no quieren jugar a ser cool porque hasta ahora, no porque está de moda, idiotas, sino porque la difusión y el progreso de la ciencia es muy grande- se dan a conocer todos estos padecimientos, vayan con un psicólogo, él les dirá (si es uno ético) si deben ir con él o con un psiquiatra. Es tristísimo ver suicidios que pudieron evitarse si se hubieran atendido, aunque si también era una decisión ya hecha, ni para dónde hacerse. No juzguen a quién lo haga, los hace ver como horribles especímenes.
Ah, se me olvidaba: también es caro el tratamiento y tus dos visitas al mes (según sea el caso) con el psiquiatra.
El día que vean sangrar a las paredes, entonces sí preocúpense.
Más importante que llamarse Ernesto, es elegir la banda sonora de tu vida.